
Una película de policías | Review: todo cierto, todo falso
Sebastián SánchezEl cine documental es, por características intrínsecas, el género dispuesto a expandir las maneras de representar la realidad. En conformidad con esta búsqueda, el director mexicano Alonso Ruizpalacios articuló su tercer largometraje conjuntando la ficción, la estructura documental clásica y el detrás de cámara. Una película de policías (2021) juega con los límites entre la ficción y la realidad, mientras reflexiona acerca de la figura del policía y el arraigo de la corrupción en la cultura policíaca mexicana.
Este ejercicio de experimentación es fácil de explicar, pero difícil de describir. Se presenta a sí mismo como un documental en los créditos iniciales, pero comienza como una reconstrucción ficcional de la vida y experiencia como policías de sus protagonistas. A la mitad del metraje, una supuesta falla técnica interrumpe la filmación, rompiendo la cuarta pared y volcando la narración hacia el documental. De ahí en adelante, los actores relatarán su entrenamiento y preparación para volverse policías a través de diarios audiovisuales grabados con sus celulares.

Una referencia menos radical con la que compararla sería El agente topo (2020). Ambas hibridan realidad y ficción para fundir las barreras del documental, con la diferencia que Una película de policías va más allá. Esta vez, la metanarrativa no es utilizada como simple resolución estilística, sino que como detonante de implicaciones transversales para el desarrollo de la cinta.
En constante yuxtaposición
El heterodoxo, pero funcional montaje que le valió el Oso de Plata por mejor contribución artística en el Festival de Cine de Berlín de 2021, no solo se encargó de fusionar realidad y ficción, sino que logró alterar el equilibrio entre estos a través de la contraposición. Los hechos reales son reinterpretados para hacerlos confluir de manera activa con la simulación de estos. La realidad ya no moldea, sino que dialoga con su representación ficcional y las consecuencias cruzadas que se provocan entre sí.
De ese diálogo surge el paralelismo más interesante, la relación análoga entre el actor y el policía. A su manera, ambos se desenvuelven en universos abstractos e impropios a la cotidianeidad del espectador. Desde el momento en que se uniforman, los policías asumen la teatralidad de un intérprete para afrontar una artificiosa y ambigua labor, donde los códigos y las prácticas parecen desafiar formas y convenciones, tal como en la concepción híbrida del formato de la película.

A través de la misma yuxtaposición entre perspectivas, se delimita la ambivalencia en la figura del policía mexicano y su relación disfuncional con la institucionalidad y la ciudadanía. Los protagonistas son vulnerables, pero temibles. Dotados de un romántico sentido del honor, pero fácilmente corruptibles. Capaces de ejercer autoridad con vileza o de sumirse en el patetismo de su incompetencia. En la delgada línea entre la mentira y la verdad, el director es lo suficientemente empático para humanizar a sus personajes en tono tragicómico, sin edulcorar lo pernicioso de sus faltas.
Para un espectador escéptico, especialmente frente al actuar de las fuerzas policiales en la historia reciente, la mirada de Ruizpalacios podría parecer ingenua o cínica. Lo cierto es que esta perspectiva mundana permite ver más allá del uniforme. En contraposición con su genérico título, Una película de policías se aleja de la apología a la violencia y la propaganda institucional, oponiéndose a glorificar al policía como héroe de acción.
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Por Sebastián Sánchez
A continuación, puedes ver el tráiler de Una película de policías:




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