
Todos somos justos | Crítica: una compleja transformación de identidades
Magdalena VallejosTodos somos justos es la nueva película chilena del director Carlos Leiva, que se estrena este 15 de mayo en los principales cines del país. Con una propuesta narrativa intensa y provocadora, desafía el panorama actual del cine nacional, que cada vez se atreve más a explorar temas sociales convencionales desde una crudeza atractiva, fresca y profundamente reflexiva.

Luis (Andrew Bargsted), un profesor particular, es invitado a una cena en la casa de una familia acomodada. Lo que parece ser una noche tranquila da un giro inesperado cuando un grupo de encapuchados irrumpe violentamente en el lugar. Atrapado entre los agresores y sus anfitriones, Luis se ve envuelto en un tenso enfrentamiento donde comienzan a revelarse las verdaderas intenciones, especialmente las de James, uno de los atacantes, cuyas motivaciones hacen tambalear la línea entre culpable y víctima.
Una historia con una fuerte carga social
Con una estética visual dominada por planos cerrados, el primer acto de Todos somos justos establece de inmediato una tensión palpable dentro de la realidad de sus personajes. Esta tensión genera un interés genuino en el espectador, al mismo tiempo que provoca una creciente incomodidad. La fotografía íntima busca transmitir un aparente sentido de unión familiar, especialmente en una secuencia en la que el protagonista, Luis, comparte una cena con la familia para la que trabaja como profesor particular. Esta escena, que al principio parece tranquila, gradualmente va revelando el verdadero trasfondo disfuncional en el que viven.
Con un guion acertado y entretenido, la cena familiar evoluciona desde un juego de ironías que construyen complicidades entre los protagonistas, hasta revelar una fractura familiar cada vez más evidente, atractiva y con la que resulta fácil empatizar

Es en este punto cuando la temática se ve abruptamente interrumpida por la violencia de un grupo de asaltantes que, aparentemente, están dispuestos a todo para cumplir su objetivo. El cambio en la secuencia de hechos resulta sorpresivo e impredecible, con personajes enmascarados que logran provocar una mezcla de incomodidad y gracia por la apariencia que cada uno revela. Aunque esta parte tiene un atractivo palpable, el exceso de garabatos por parte de los asaltantes a veces no se siente del todo orgánico, e incluso llega a dificultar la comprensión de algunos diálogos.
A partir del tercer acto, la película da un giro abrupto respecto a lo anterior. El sentido de justicia se convierte en el verdadero protagonista de la historia, adoptando un significado distinto para cada personaje según la situación que atraviesan. Los asaltantes comienzan a transformarse lentamente en victimarios dentro de un entorno social opresivo, buscando justificarse. Al mismo tiempo, la familia adinerada revela una mezcla de empatía y desapego ambiguo, lo que genera un constante juego de roles. Esta dinámica profundiza en cada personaje de una forma poco convencional, pero profundamente hipnotizante.
A pesar de ser una película con una trama bien elaborada y profunda, hacia el desenlace la narrativa comienza a generar cierta confusión. Aparecen situaciones que ocurren fuera del plano visual —solo se escuchan— pero no terminan de definir algo concreto. La resolución de los conflictos no resulta del todo convincente, dejando un final poco claro, aunque abierto para que el espectador pueda construir su propio sentido de justicia en la historia.

Así, Todos somos justos se suma al auge actual del cine nacional, atreviéndose a contar nuevas historias que provocan, invitan a la reflexión y, sobre todo, reavivan el interés por regresar a las salas de cine.
CALIFICACIÓN: 4.1/5.0
A continuación, puedes ver el tráiler de Todos somos justos:



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