
The Crown (Temporada final) | Review: la monarquía no es justa
Celinda TapiaEl 14 de diciembre Netflix estrenó la segunda parte de la sexta y última temporada de The Crown, el drama histórico que sigue a la familia real británica desde 1952 —muerte del rey Jorge VI— hasta el 2005 —matrimonio entre Carlos III y Camila—. Esta última entrega se centra en los conflictos que acontecen a los miembros particulares de la familia, es decir, vuelve a la organización que presentó la producción en sus primeras temporadas. Este factor equilibra la serie y también le entrega su tono tan característico.
En esta segunda parte vemos cómo se conocen Guillermo y Kate, los problemas que comienza a dar Enrique, el debilitamiento de la princesa Margarita y también cómo la reina Isabel mira en retrospectiva su vida, cuestionando quién fue y en qué se convirtió gracias al poder que le entregó la corona. Si bien algunos capítulos muestran caricaturas de personajes y no un relato real —no real monárquico, sino real humano—, no decae en su propósito, esta segunda parte no olvida que los miembros de la familia tienen una historia que les antecede, y funciona como consecuencia de sus actos y decisiones.

La monarquía no es racional
El foco en esta última parte vuelve a ser la corona, sus cambios, consecuencias y procesos. The Crown siempre fue un buen hilo explicativo porque su centro estaba en el poder, además de la influencia que exigía la corona en quien la posee. Por eso el primer capítulo de la primera temporada muestra el declive del rey Jorge VI, ya que la principal consecuencia de su deterioro era el poder que tenía sobre él y que, además, dentro de la línea familiar, no le pertenecía.
The Crown siempre fue una muestra consecutiva de más preguntas que respuestas en torno a lo que significa la monarquía, algo se logra discernir a través de la visión de la producción: el poder como un peso, quizás, o el poder como la racionalidad, el centro y tradición. “Pero la monarquía no es racional, democrática, lógica ni justa”, dice la reina Isabel II interpretada por Imelda Staunton. Esas afirmaciones marcan el carácter de la serie y posiciona a la monarquía como una red de tradición que vive para lograr una especie de hechizo en el pueblo, en los otros, en los que están fuera de la realeza. Dar cuenta de esa carencia de racionalidad constituye una crítica indirecta y también dejar en el centro todo el cuestionamiento que existe en torno a la monarquía.

La crisis existencial
Peter Morgan en esta segunda parte vuelve a la reina Isabel II, de una manera mucho más interna y centrada en los debates mentales que pudieron haberse desarrollado a partir de la posesión de la corona. La reina se cuestiona cómo cambió su personalidad, qué parte de ella dejó atrás y finalmente se expone una figura centralizada por y para la tradición, incluso dejando de lado —como lo hemos visto a largo de la serie— a sus propios hijos.
Quizá el tratamiento de estos temas es demasiado expositivo, en algunos casos el texto adelanta la imagen y más que mostrar al espectador, le cuenta. Morgan presenta a una reina cautiva por el poder, pero que después de ver en retrospectiva su vida, acepta ese encierro y lo entiende como parte de ella, ese es el punto más poético del final, cuando camina hacia la luz aceptando la verdad y, en definitiva, a sí misma. El final de The Crown tiene absoluta coherencia con la narrativa de la serie, no abandona el tema central, que más que estar focalizado en la reina, el punto más importante siempre fue la corona.
A continuación puedes ver el tráiler de la última parte de la sexta temporada de The Crown:


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