
A cualquier precio | Crítica: la búsqueda de las justicia desde las sombras
Gabriela CastilloHay muchas películas que abordan la segregación racial, la mayoría basadas en hechos reales y protagonizadas por personajes históricos, pues los acontecimientos ocurridos durante esa época superan cualquier fantasía que se pudiese crear. A cualquier precio, la nueva película de Elegance Bratton, también tiene como eje central la lucha racial en Estados Unidos durante la década de los 60, pero retrata una historia alejada de la institucionalidad y de lo considerado correcto, además de estar basada en un episodio que durante años circuló principalmente como un rumor. Nosotros ya la vimos y a continuación te contamos qué nos pareció.
Se dice que el FBI contó con la ayuda de Greg Scarpa, un reconocido sicario de la mafia, quien supuestamente estuvo involucrado en la recuperación de los cuerpos de tres estudiantes asesinados por el Ku Klux Klan. A cualquier precio cuenta la historia de otra de las presuntas colaboraciones de Scarpa: el asesinato del activista Vernon Dahmer.

En una época en que las personas afrodescendientes comenzaban a integrarse cada vez más a distintas instituciones estadounidenses, un joven Wayne Strider (interpretado por Yahya Abdul-Mateen II) vuelve a Mississippi con la esperanza de ayudar a desmantelar las acciones del Klan. Sin embargo, la tarea continúa siendo difícil en una zona todavía profundamente marcada por el racismo. Todo cambia cuando asesinan a su amigo Vernon, y el FBI le solicita trabajar en la investigación para encontrar a los responsables. Debido a las características del lugar, la institución lo une con Greg Scarpa (Mark Wahlberg), quien se caracteriza por obtener resultados, aunque recurriendo a métodos cuestionables que el propio FBI decide ignorar.
Dos hombres, dos formas de enfrentar la violencia
A cualquier precio plantea una mirada interesante, ya que explora una dimensión menos representada de la lucha contra el racismo, como lo es el trabajo que se realizó desde las sombras y contando, incluso, con la ayuda de reconocidos criminales. Esto refleja muy bien una época en la que, sin importar lo que dictaminarán los gobiernos, la presidencia o las distintas instituciones, las personas continuaban teniendo profundamente arraigadas sus creencias y, sobre todo, su odio. Y lo más inquietante es precisamente la impunidad con la que podían actuar, amparados por un entorno que durante décadas había normalizado estas conductas.
La película retrata bastante bien esta tensión y el miedo propio de una época de transición, donde el racismo comienza a ser condenado institucionalmente, pero eso no significa que haya desaparecido de la vida cotidiana. La condena existe desde afuera, desde quienes están lejos de las comunidades afectadas, mientras quienes viven en estos lugares continúan enfrentándose directamente a la violencia y la discriminación.
Y la película no construye esta sensación únicamente a través de los actos de violencia. También está presente en los escenarios, en las relaciones entre los personajes secundarios, en las experiencias de Strider e incluso en sus recuerdos. Es una violencia que forma parte del ambiente y que, precisamente por eso, no necesita estar ocurriendo constantemente frente a la cámara para sentirse presente.

Esto también se refleja en la relación entre Strider y Scarpa. Mientras el primero todavía mantiene cierta fe en las instituciones y cree que es posible combatir el racismo desde ellas, el segundo hace mucho tiempo que trabaja fuera de la ley. Scarpa entiende que el sistema tiene límites y, después de todo lo que ha visto, intenta arrastrar a Strider hacia sus propios códigos morales. La película juega así con una contradicción bastante interesante, ya que para combatir una violencia que durante años ha operado al margen de la ley, las instituciones terminan recurriendo a alguien que tampoco respeta ninguna de sus reglas.
Esta es, probablemente, la parte más interesante de la cinta, y también donde Yahya Abdul-Mateen II y Mark Wahlberg consiguen sacar mayor provecho de sus personajes. La dinámica entre ambos es fluida y funciona precisamente porque representan dos formas completamente distintas de enfrentarse al mismo problema.
Una premisa que no alcanza todo su potencial
El problema es que la película no siempre consigue desarrollar todo el potencial de esta premisa. A pesar de tener un conflicto atractivo y una relación central que funciona, el ritmo es demasiado lento y termina afectando considerablemente la experiencia, especialmente durante su segunda mitad. Hay momentos en los que la historia parece avanzar muy poco, haciendo que la tensión que había conseguido construir se diluya.
Esto resulta particularmente desafortunado porque A cualquier precio tiene elementos que podrían haber dado lugar a un thriller mucho más tenso y complejo. La ambigüedad moral de su protagonista, la relación entre Strider y Scarpa y la idea de que una institución encargada de hacer cumplir la ley recurra a un criminal para conseguir resultados son conflictos suficientemente potentes por sí mismos. Sin embargo, la película parece más interesada en contar los acontecimientos que en profundizar realmente en las contradicciones que estos plantean.

Por eso, aunque A cualquier precio presenta una premisa atractiva y una mirada menos habitual sobre la lucha racial en Estados Unidos, termina siendo una película que se siente mucho más interesante en lo que plantea que en la manera en que decide desarrollarlo. Su historia tenía potencial para ser mucho más incómoda, tensa y provocadora, pero su ritmo termina restándole fuerza y haciendo que, pese a todo lo que tiene para decir, su impacto sea bastante menor de lo esperado.
CALIFICACIÓN 3,6/5
A continuación, te dejamos el tráiler de A cualquier precio.


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